Concierto en la prisión de Logroño

Hace unos días estuve tocando en la prisión de Logroño, invitado por la Asociación Rioja Acoge y por mi amiga Arantza Moreno, que trabaja allí dando clases de teatro.

No lo dudé. Dije que sí!

Uno llega con una idea previa. La que hemos visto tantas veces en las películas.
Pero la realidad es otra.

Más sencilla.
Y mucho más intensa.

Para entrar hay que pasar varios controles.
Abrir el estuche de la guitarra.
Esperar.
Cruzar puertas que se abren y se cierran detrás de uno.

Ahí empieza ya algo difícil de explicar.

No es una cárcel como uno imagina.
Está limpia, ordenada, incluso luminosa en algunos espacios.
Pero hay algo en el ambiente que pesa.

Un silencio contenido.
Un ritmo distinto.

El concierto fue en un pequeño teatro.
Un escenario grande, pero un espacio sin artificio.

Cuando empezaron a entrar, lo hicieron en silencio.
Separados.
Las mujeres atrás.
Los hombres delante.

Canté durante algo más de una hora.

Y ocurrió algo muy sencillo:
escuchaban.

Aplaudían con una calidez inesperada.
Pedían canciones.
Sonreían.

Durante ese rato, algo cambiaba.

Pero lo importante vino después.

Al salir.

Porque yo me fui.
Salimos de allí y nos fuimos a tomar un café, a hablar de lo vivido.

Y entonces entendí algo que parece obvio, pero no lo es:

no valoramos la libertad que tenemos.

Ellos se quedaron.

Allí dentro.

Me contaron que pasan muchas horas en el pabellón.
Que hay pocas actividades.
Y que por eso agradecen tanto cualquier cosa que les saque, aunque sea por un momento, de su realidad.

Alguien podría decir que es justo, que están allí por algo.

Y seguramente sea así. Pero yo no hablo de eso.

Hablo de lo cotidiano.

De poder moverse.
De poder elegir.
De no cargar con un pasado que condiciona todo lo que viene después.

La reinserción es difícil.
Y el tiempo, allí dentro, tiene otra medida.
Hay personas a las que les quedan muchos años.
Su horizonte es el mismo cada día.
Una pared.

De todo lo que viví allí, me quedo con una idea muy clara:

la libertad no es algo abstracto.

Es algo que sucede cada día.
Y que casi nunca sabemos ver.